duce un importante cambio en las relaciones de poder en el mundo. Se pasa de un sistema bipolar, basado en el enfrentamiento entre los bloques estadounidense y soviético, a otro monopolar, en el que ya sólo queda uno de los contendientes con supremacía total en el planeta. La victoria del bando capitalista se refleja en todas los campos: económico, político, cultural y, por supuesto, militar. Es verdad que existen discrepancias e intereses contrapuestos entre las potencias del Centro; un ejemplo podrían ser Francia y EEUU en el norte de África (Argelia, por poner un caso) o en la región de los Grandes Lagos (Ruanda). Pero estos enfrentamientos están marcados por una mucho más amplia base de intereses comunes que se resumen en la defensa de un mismo sistema económico del que ambos sacan grandísimos beneficios. Además, dentro del Centro no existen varias potencias dominantes, sino una hegemónica, Estados Unidos. El comportamiento internacional de EEUU oscila entre la búsqueda de apoyos de otros estados cuando los gastos son muy altos (Guerra del Golfo por ejemplo), y las actuaciones unidireccionales cuando lo ven necesario. Esto último se puede ver por ejemplo en la negativa estadounidense de firmar acuerdos como el de Prohibición de Armas Nucleares, el de prohibición de fabricación de minas antipersonal, el de prohibición de reclutamiento de menores de edad para las fuerzas armadas o la de reconocer al Tribunal Internacional de La Haya más que cuando le interesa. Estos acuerdos, firmados por otros estados miembros de la Alianza Atlántica, EEUU puede permitirse el lujo de no suscribirlos sin que ninguno de sus socios mueva un dedo. Debe quedar claro que en los conflictos recientes en los que hemos visto actuar a soldados estadounidenses junto a milita res de otros países la voz cantante claramente ha sido la del “amigo americano”.
Hay que hacer notar que, en todo caso, todavía existe un cierto reparto
de zonas a nivel militar (que no económico, ya que la presencia del
capitalismo es casi universal), donde a Rusia le queda el territorio
de la antigua URSS, como se ha podido comprobar en los conflictos
de Georgia, Tadjikistán y Chechenia. La otra región del planeta que
todavía escaparía al control estadounidense sería China.
Otro cambio importante tras el final del “socialismo real” es que
las potencias perdedoras de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y
Japón, vuelven a ocupar lugares destacados, no sólo a nivel económico,
sino, poco a poco, también militar.
Lo que no ha cambiado respecto a la situación anterior a la Guerra
Fría es la subordinación de los países de la Periferia respecto a
los del Centro. Es más, esta situación se está agravando con la introducción
de su economía en los grandes mercados mundiales. Además, estos mercados
no están ya únicamente caracterizados por la “economía productiva”,
sino que en ellos tiene una importancia fundamental la “economía financiera”,
como se ha venido a demostrar en las recientes crisis rusa, brasileña
o indonesa, que poco han tenido que ver en su origen con problemas
relacionados con los procesos productivos. Todo esto está suponiendo
que ahora estos estados no sean dependientes únicamente en el aspecto
político o militar, sino que lo están siendo progresivamente más en
lo económico y cultural.
Así se ha entrado en la era de la globalización del capitalismo, ésta
implica, no solamente que se esté creando un mercado cada vez más
ajeno a fronteras nacionales y en cual estén integrados cada vez un
mayor número de consumidores; sino que también está suponiendo una
impresionante homogeneización cultural a nivel planetario. Las consecuencias
de esta nueva época están caracterizándose, fundamentalmente, por
un aumento de la desigualdad y de la degradación ambiental; que se
expresan en distintos ámbitos: una mayor brecha entre ricos y pobres,
un aumento sin precedentes de los niveles de residuos producidos y
de la degradación de los ecosistemas, una mayor diferencia de capacidad
militar entre unos países y otros, una menor autonomía de toma de
decisiones por parte de la mayoría de estados y de las personas, una
diferencia creciente en las capacidades tecnológicas, una mayor deshumanización
y desarraigo de las personas, etc. Estas desigualdades y degradación
ambiental están produciendo, obviamente, un descontento entre amplias
capas sociales a lo largo y ancho de todo el planeta. Este descontento,
a pesar de la gran capacidad del actual sistema para asimilarlo y
acallarlo, sale a la luz periódicamente en forma de estallidos violentos.
Ejemplos de esto los podríamos encontrar en los conflictos de Argelia,
Somalia, Ruanda, Nigeria, Congo, las revueltas de Los Ángeles, Colombia
o Chiapas. En ellos la única motivación del conflicto no se puede
achacar a las consecuencias de la colonización económica, política
y cultural del Centro, pero sí se puede considerar que es, si no la principal,
sí una de las más importantes. Además se debe apuntar que todavía
existen conflictos que para entenderlos debemos hacer referencia obligada
a la Guerra Fría, como podrían ser los de Angola o Mozambique.
Ante estas consecuencias perniciosas de la globalización desde el
Centro se está respondiendo de distintos modos, el primer recurso
están siendo los medios de comunicación y la educación que están cumpliendo
una importante función adormecedora en amplias capas de la sociedad.
Junto a estos está actuando una débil capacidad compensadora del Centro
sobre la Periferia2, en muchas ocasiones llevada a cabo
no por los estados sino por las ONGs. Esta función, en sus mayor parte,
no está encaminada a un cambio de estructuras que liberen a la Periferia
sino, fundamentalmente, a una labor asistencial. Sin embargo, como
es evidente estos elementos no están siendo suficientes y se están
complementando con los policiales para el control interno de los estados
y los militares para conflictos internos muy graves o para los internacionales,
que serán los que se traten en este texto.
Desde los centros de poder se es plenamente consciente del papel imprescindible
de los instrumentos de represión militares para que la globalización
económica sea factible. Para asegurar que la industria armamentística
y los ejércitos sean efectivos se les sigue dirigiendo desde el estado
(vía organización y/o financiación) y se les deja exentos de las actuales
corrientes liberalizadoras. El ejemplo más claro es que dentro de
la OMC (Organización Mundial del Comercio) los países miembros tienen
una cláusula por la cual pueden subvencionar todo lo que quieran a
sus empresas armamentísticas (procesos que están o se han limitado
o eliminado en el resto de las áreas económicas). Además, según el
artículo XXI del GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio), todo
estado es soberano para poder organizar su defensa (léase para garantizar
su estabilidad y continuar estando dentro del mercado internacional)
y por lo tanto no se le puede poner ninguna limitación a su adquisición
de armamento. Es decir, que una de las labores del estado neoliberal
seguirá siendo el garantizar las condiciones adecuadas para que el
mercado internacional pueda seguir funcionando, por supuesto manteniendo
la relación de poder Centro-Periferia.
Estos procesos globalizadores, lejos de ir en retroceso, están siendo
potenciados por el Centro. El ejemplo más claro y reciente podría
ser el intento de, mediante la Ronda del Milenio, acometer un nuevo
ciclo de liberalizaciones, bajando los aranceles aduaneros y levantando
las trabas a la inversión. Esto se aplicaría en los estados miembros
de la OMC, 134 entre los que están todos los del Centro. Así los conflictos
consecuencia de la globalización seguirán produciéndose y, probablemente,
vayan en aumento. La paz sólo se conseguirá mediante la “seguridad
común” de todas las personas y naciones, la cual se alcanza universalizando
una vivienda y alimentación adecuadas, una educación y salud básicas,
una abolición de las jerarquías y un medio ambiente limpio. Pero,
como ya he apuntado, la globalización está terminando con el aire
limpio, la seguridad alimentaria, las inversiones en sanidad y educación,
las leyes de protección ambiental e imponiendo dinámicas de dominación
sobre lo social.
No es que ya no existan ni vayan a existir conflictos marcados por
el deseo de control de una región o de un pueblo por parte de un estado,
como pudieron ser (sólo hasta cierto punto) el de Timor Oriental,
la invasión de Kuwait por parte de Irak o el de Kosova (en lo referente
al conflicto entre albanokosovares y serbios). Pero en éstos, como
en los estallidos de descontento anteriores, ahora sólo existe una
gran potencia de referencia. Cuando en ellos intervenga el Centro,
como en los tres ejemplos citados (Timor Oriental, Kuwait y Kosova),
la intervención ya no estará marcada por una lucha por controlar distintas
áreas geoestratégicas por dos grandes potencias, lucha que se reflejaba
en la implicación de las mismas en distintos conflictos locales. Actualmente
se busca el control de esas mismas zonas para su explotación, hasta
la extenuación, por parte de las grandes multinacionales, que revierten
los beneficios al Centro. Este control podrá ser de recursos estratégicos
como el petróleo (Guerra del Golfo) o simplemente de mercados.
El fin que tienen estas intervenciones para el Centro no se restringe
únicamente a la defensa de los intereses económicos del mismo (control
de nuevos mercados o de recursos valiosos) sino que la guerra, por
si misma, es ya un gran negocio. Conflictos como el reciente de Kosova
han servido de escaparate para las últimas innovaciones tecnológicas.
El comercio de armas también está cada vez más mundializado. Si en
los años previos la exportación de tecnología militar estaba dirigida
casi únicamente hacia los estados aliados por criterios de seguridad,
estos criterios se están relajando y está apareciendo un floreciente
comercio internacional de armamentos. A este hecho no es, ni mucho
menos, ajena la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de
la industria militar de Europa del Este, producción que está asumiendo
el bloque “ganador” en la Guerra Fría. Así no es extraño que las industrias
militares están presentes en los grupos de presión junto a otras multinacionales
(los lobbies) en reuniones tan importantes para el devenir
del comercio mundial como la reciente cumbre de la OMC en Seattle.
En estas reuniones están haciendo presión en favor de un mundo más
globalizado en el cual se puedan aprovechar de las leyes antiproteccionismo
de la OMC, a la vez que pueden seguir disfrutando de las importante
subvenciones estatales, como ya se comentó más arriba.
Resumiendo, el hecho de que exista una única gran potencia supone
que sea mucho más improbable que aparezca un conflicto que pueda hacer
peligrar la vida en todo el planeta, es decir, una tercera guerra
mundial de carácter atómico. Del mismo modo también lo es un enfrentamiento
en el que se luche en amplias regiones, del tipo de una guerra mundial.
Así, los conflictos se caracterizarán por estar localizados en un
área concreta (Grandes Lagos, Congo, Guerra del Golfo) y crecientemente
con un origen en forma de guerra interna dentro de un estado o con
influencias de los limítrofes (Yugoslavia, Méjico, Colombia, Indonesia,
Argelia, Albania). Sus motivaciones serán: o bien, en una parte importante,
respuestas más o menos desorganizadas a las consecuencias de la globalización;
o bien en acciones de los ejércitos del Centro encaminadas a continuar
su dominación sobre la Periferia. Obviamente esta caracterización
de las causas y de los tipos de conflictos es extremadamente generalista.
Está fuera de la intención de este texto el hacer un estudio pormenorizado
de las distintas motivaciones de cada conflicto, motivaciones que,
por supuesto, presentarán multitud de matices y excepciones al comportamiento
general que aquí defiendo.
El control del Centro sobre la Periferia durante los años de la Guerra
Fría
estuvo ejemplificado en la estructura, funcionamiento y objetivos
(reales, no retóricos) de toda una amalgama de organismos internacionales.
Entre ellos habría que destacar la Organización de Naciones Unidas
(ONU) como elemento de control político; el Fondo Monetario Internacional
(FMI), el Banco Mundial (BM) y el GATT en el económico; y la Organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia en el
militar; aunque habría que hacer notar que las funciones de los distintos
órganos se han intercambiado en numerosas ocasiones. También han jugado
un papel fundamental otras instituciones de carácter regional, entre
las que ha destacado la Unión Europea (UE).
Tras la transformación de las relaciones de poder en el mundo estos
organismos también han cambiado, o lo están haciendo; aunque, eso
sí, todos ellos siguen caracterizándose por ser un instrumento, más
o menos efectivo, de control y explotación. Así se puede ver la transformación
que se está llevando a cabo en la ONU, con la previsible entrada en
el Consejo de Seguridad a las nuevas potencias a nivel nacional (Alemania
y Japón); así como abriendo
sus puertas a la empresa privada (financiación de la organización
por multinacionales, que, por supuesto, consiguen influir en las decisiones
de la misma a cambio). También se están dando nuevos pasos en el BM,
el FMI y, especialmente, en el GATT, que dio luz a la OMC tras la
Ronda de Uruguay, y que ahora intenta acometer una nueva liberalización
de los mercados, como ya se ha comentado. Pero probablemente la organización
que más haya cambiado sea la OTAN, tanto en su arquitectura interna,
como en su forma de actuar hacia el exterior. Ella es, y seguirá siendo,
la encargada de controlar que la relación de dominación no se termine,
actuando en el plano militar si todas las demás vías de control han
fallado. De todas formas hay que decir que no sólo es la OTAN la que
se encarga del aspecto militar, también están los ejércitos nacionales
del Centro (especialmente, claro está, el de EEUU), alianzas como
la Unión Europea Occidental (UEO) y los “cascos azules”
de la ONU, que actúan en distintos escenarios.
El
intervencionismo.
La Alianza Atlántica se ha ido modificando progresivamente durante
este último decenio. Este cambio se ha caracterizado por la transformación
de un organismo teóricamente defensivo en otro marcadamente intervencionista,
asumiendo el papel de gendarme mundial en el “Nuevo Orden Internacional”
en defensa de los intereses, tanto económicos como geoestratégicos,
del Centro y, especialmente, de EEUU. Pero esta nueva política intervencionista
no sólo se está dando en este organismo, también se puede observar
en la ONU en sus misiones militares, en la UEO o en la política de
los países del Centro. También es importante decir que esta nueva
OTAN intervencionista no sólo actúa a nivel militar, también lo está
haciendo a nivel político. En estrecha colaboración con organismos
como el Banco Mundial, el FMI o la Unión Europea, ha enfocado sus
miras hacia los países del Este de Europa persiguiendo su control
político, económico y militar. Se busca reconvertirlos en “economías
de mercado democráticas” aliadas de las potencias del Centro y, claro
está, dependientes. No quiero decir que antes no existiese intervencionismo,
sino que el de ahora está reflejado explícitamente en las organizaciones
militares y se vende al público, al igual que el de antes como una
acción justa y necesaria moralmente, pero con distintos criterios.
En los estados del Centro la democracia parlamentaria implica tener
que mantener razonablemente satisfecha a una importante parte de la
sociedad, con lo que las guerras en las que los gobernantes se embarquen
deben ser asumibles de cara a la opinión pública. La sociedad actual
no se compromete con la lucha contra la pobreza o la degradación ambiental,
sin embargo sí ha adoptado como suyos principios de defensa de los
derechos humanos, respeto al medio ambiente o justicia social. Es
por ello que las actuales intervenciones de los estados del Centro
no sean simplemente “intervenciones” sino “intervenciones humanitarias”,
que en todos los casos estén recubiertas de un halo de “no nos ha
quedado otro remedio que emplear la fuerza para imponer la justicia
contra el gran demonio al que hemos atacado”. El mensaje que se transmite
es absolutamente simplista: nosotros, los agresores, somos los buenos
buenísmos y los agredidos son los malos malísimos. De este modo lo
que en realidad sigue siendo colonialismo (en distintas facetas) se
está justificando como “gestión de crisis”, “operaciones humanitarias”
y/o “operaciones de mantenimiento de la paz”, tres conceptos que serán
repetidos en numerosas ocasiones a lo largo del texto. Con esto no
quiero calificar a los agredidos como víctimas inocentes; Milosevic
o Sadam Husein están bastante lejos de ser gobernantes ejemplares,
sino que, más bien, han sido y son potentes agresores, lo cual también
debe ser condenado con dureza. Tras el final de la Guerra Fría ya
no existe el enemigo comunista por el que hay que sacar las tropas
a la calle para nuestra defensa; pero parece que sigue siendo imprescindible
hacerlo, ahora es para que se respeten los derechos humanos.
Muchas de las intervenciones a las que hemos asistido durante estos
últimos años han sido fácilmente justificables de cara a la opinión
pública. Es verdad que en Timor Oriental o en Kosova la población
estaba siendo masacrada, el problema es que las motivaciones reales
para la actuación del Centro en estos territorios estaba lejos de
ser las esgrimidas oficialmente. Si éstas hubiesen sido sinceras ahora
tendríamos tropas de la OTAN en Turquía para defender a los kurdos
o en Marruecos para hacer lo propio con los saharauis. En Kosova no
se buscaba salvar a los albanokosovares sino legitimar a la OTAN,
intentar estabilizar los Balcanes, justificar la presencia de EEUU
en Europa y responder a intereses económicos y geoestratégicos de
las potencias europeas; así como disminuir el área de influencia rusa
corriéndola más hacia el Este.
Debe quedar muy claro que el Centro es descaradamente parcial al escoger
sus intervenciones y sigue únicamente sus intereses, las más de las
veces económicos, pero también se encuentran motivaciones geoestratégicas
o de cara a la política interna de los estados del Centro. La intervención
militar por parte del Centro en la mayoría de los conflictos ha brillado
por su ausencia (Congo, Chechenia, Sahara, Eritrea-Etiopía, Nigeria).
Otras veces se ha limitado a la entrega de ayuda humanitaria (Afganistán,
Azerbaiyán, Sudán). También hemos asistido a intervenciones en las
cuales los ejércitos implicados tenían posibilidades muy reducidas
de hacer uso de la fuerza (Angola, Bosnia-Hercegovina hasta agosto
de 1995, Georgia, Liberia, Ruanda, Congo recientemente, al principio
en Somalia, Tayikistán). Por último estarían las intervenciones militares
acompañadas de un empleo ostensible de la fuerza, que han sido las
menos (Irak, Kosova, Bosnia-Hercegovina, Somalia, Timor Oriental).
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