Monday, May 27, 2013

  Tras la caída del Muro de Berlín y el final de la Guerra Fría se pro
duce un importante cambio en las relaciones de poder en el mundo. Se pasa de un sistema bipolar, basado en el enfrentamiento entre los bloques estadounidense y soviético, a otro monopolar, en el que ya sólo queda uno de los contendientes con supremacía total en el planeta. La victoria del bando capitalista se refleja en todas los campos: económico, político, cultural y, por supuesto, militar. Es verdad que existen discrepancias e intereses contrapuestos entre las potencias del Centro; un ejemplo podrían ser Francia y EEUU en el norte de África (Argelia, por poner un caso) o en la región de los Grandes Lagos (Ruanda). Pero estos enfrentamientos están marcados por una mucho más amplia base de intereses comunes que se resumen en la defensa de un mismo sistema económico del que ambos sacan grandísimos beneficios. Además, dentro del Centro no existen varias potencias dominantes, sino una hegemónica, Estados Unidos. El comportamiento internacional de EEUU oscila entre la búsqueda de apoyos de otros estados cuando los gastos son muy altos (Guerra del Golfo por ejemplo), y las actuaciones unidireccionales cuando lo ven necesario. Esto último se puede ver por ejemplo en la negativa estadounidense de firmar acuerdos como el de Prohibición de Armas Nucleares, el de prohibición de fabricación de minas antipersonal, el de prohibición de reclutamiento de menores de edad para las fuerzas armadas o la de reconocer al Tribunal Internacional de La Haya más que cuando le interesa. Estos acuerdos, firmados por otros estados miembros de la Alianza Atlántica, EEUU puede permitirse el lujo de no suscribirlos sin que ninguno de sus socios mueva un dedo. Debe quedar claro que en los conflictos recientes en los que hemos visto actuar a soldados estadounidenses junto a milita
res de otros países la voz cantante claramente ha sido la del “amigo americano”.

                Hay que hacer notar que, en todo caso, todavía existe un cierto reparto de zonas a nivel militar (que no económico, ya que la presencia del capitalismo es casi universal), donde a Rusia le queda el territorio de la antigua URSS, como se ha podido comprobar en los conflictos de Georgia, Tadjikistán y Chechenia. La otra región del planeta que todavía escaparía al control estadounidense sería China.
                Otro cambio importante tras el final del “socialismo real” es que las potencias perdedoras de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, vuelven a ocupar lugares destacados, no sólo a nivel económico, sino, poco a poco, también militar.
                Lo que no ha cambiado respecto a la situación anterior a la Guerra Fría es la subordinación de los países de la Periferia respecto a los del Centro. Es más, esta situación se está agravando con la introducción de su economía en los grandes mercados mundiales. Además, estos mercados no están ya únicamente caracterizados por la “economía productiva”, sino que en ellos tiene una importancia fundamental la “economía financiera”, como se ha venido a demostrar en las recientes crisis rusa, brasileña o indonesa, que poco han tenido que ver en su origen con problemas relacionados con los procesos productivos. Todo esto está suponiendo que ahora estos estados no sean dependientes únicamente en el aspecto político o militar, sino que lo están siendo progresivamente más en lo económico y cultural.
                Así se ha entrado en la era de la globalización del capitalismo, ésta implica, no solamente que se esté creando un mercado cada vez más ajeno a fronteras nacionales y en cual estén integrados cada vez un mayor número de consumidores; sino que también está suponiendo una impresionante homogeneización cultural a nivel planetario. Las consecuencias de esta nueva época están caracterizándose, fundamentalmente, por un aumento de la desigualdad y de la degradación ambiental; que se expresan en distintos ámbitos: una mayor brecha entre ricos y pobres, un aumento sin precedentes de los niveles de residuos producidos y de la degradación de los ecosistemas, una mayor diferencia de capacidad militar entre unos países y otros, una menor autonomía de toma de decisiones por parte de la mayoría de estados y de las personas, una diferencia creciente en las capacidades tecnológicas, una mayor deshumanización y desarraigo de las personas, etc. Estas desigualdades y degradación ambiental están produciendo, obviamente, un descontento entre amplias capas sociales a lo largo y ancho de todo el planeta. Este descontento, a pesar de la gran capacidad del actual sistema para asimilarlo y acallarlo, sale a la luz periódicamente en forma de estallidos violentos. Ejemplos de esto los podríamos encontrar en los conflictos de Argelia, Somalia, Ruanda, Nigeria, Congo, las revueltas de Los Ángeles, Colombia o Chiapas. En ellos la única motivación del conflicto no se puede achacar a las consecuencias de la colonización económica, política y cultural del Centro, pero sí se puede considerar que es, si no la principal, sí una de las más importantes. Además se debe apuntar que todavía existen conflictos que para entenderlos debemos hacer referencia obligada a la Guerra Fría, como podrían ser los de Angola o Mozambique.
                Ante estas consecuencias perniciosas de la globalización desde el Centro se está respondiendo de distintos modos, el primer recurso están siendo los medios de comunicación y la educación que están cumpliendo una importante función adormecedora en amplias capas de la sociedad. Junto a estos está actuando una débil capacidad compensadora del Centro sobre la Periferia2, en muchas ocasiones llevada a cabo no por los estados sino por las ONGs. Esta función, en sus mayor parte, no está encaminada a un cambio de estructuras que liberen a la Periferia sino, fundamentalmente, a una labor asistencial. Sin embargo, como es evidente estos elementos no están siendo suficientes y se están complementando con los policiales para el control interno de los estados y los militares para conflictos internos muy graves o para los internacionales, que serán los que se traten en este texto.
                Desde los centros de poder se es plenamente consciente del papel imprescindible de los instrumentos de represión militares para que la globalización económica sea factible. Para asegurar que la industria armamentística y los ejércitos sean efectivos se les sigue dirigiendo desde el estado (vía organización y/o financiación) y se les deja exentos de las actuales corrientes liberalizadoras. El ejemplo más claro es que dentro de la OMC (Organización Mundial del Comercio) los países miembros tienen una cláusula por la cual pueden subvencionar todo lo que quieran a sus empresas armamentísticas (procesos que están o se han limitado o eliminado en el resto de las áreas económicas). Además, según el artículo XXI del GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio), todo estado es soberano para poder organizar su defensa (léase para garantizar su estabilidad y continuar estando dentro del mercado internacional) y por lo tanto no se le puede poner ninguna limitación a su adquisición de armamento. Es decir, que una de las labores del estado neoliberal seguirá siendo el garantizar las condiciones adecuadas para que el mercado internacional pueda seguir funcionando, por supuesto manteniendo la relación de poder Centro-Periferia.
                Estos procesos globalizadores, lejos de ir en retroceso, están siendo potenciados por el Centro. El ejemplo más claro y reciente podría ser el intento de, mediante la Ronda del Milenio, acometer un nuevo ciclo de liberalizaciones, bajando los aranceles aduaneros y levantando las trabas a la inversión. Esto se aplicaría en los estados miembros de la OMC, 134 entre los que están todos los del Centro. Así los conflictos consecuencia de la globalización seguirán produciéndose y, probablemente, vayan en aumento. La paz sólo se conseguirá mediante la “seguridad común” de todas las personas y naciones, la cual se alcanza universalizando una vivienda y alimentación adecuadas, una educación y salud básicas, una abolición de las jerarquías y un medio ambiente limpio. Pero, como ya he apuntado, la globalización está terminando con el aire limpio, la seguridad alimentaria, las inversiones en sanidad y educación, las leyes de protección ambiental e imponiendo dinámicas de dominación sobre lo social.
                No es que ya no existan ni vayan a existir conflictos marcados por el deseo de control de una región o de un pueblo por parte de un estado, como pudieron ser (sólo hasta cierto punto) el de Timor Oriental, la invasión de Kuwait por parte de Irak o el de Kosova (en lo referente al conflicto entre albanokosovares y serbios). Pero en éstos, como en los estallidos de descontento anteriores, ahora sólo existe una gran potencia de referencia. Cuando en ellos intervenga el Centro, como en los tres ejemplos citados (Timor Oriental, Kuwait y Kosova), la intervención ya no estará marcada por una lucha por controlar distintas áreas geoestratégicas por dos grandes potencias, lucha que se reflejaba en la implicación de las mismas en distintos conflictos locales. Actualmente se busca el control de esas mismas zonas para su explotación, hasta la extenuación, por parte de las grandes multinacionales, que revierten los beneficios al Centro. Este control podrá ser de recursos estratégicos como el petróleo (Guerra del Golfo) o simplemente de mercados.
                El fin que tienen estas intervenciones para el Centro no se restringe únicamente a la defensa de los intereses económicos del mismo (control de nuevos mercados o de recursos valiosos) sino que la guerra, por si misma, es ya un gran negocio. Conflictos como el reciente de Kosova han servido de escaparate para las últimas innovaciones tecnológicas. El comercio de armas también está cada vez más mundializado. Si en los años previos la exportación de tecnología militar estaba dirigida casi únicamente hacia los estados aliados por criterios de seguridad, estos criterios se están relajando y está apareciendo un floreciente comercio internacional de armamentos. A este hecho no es, ni mucho menos, ajena la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la industria militar de Europa del Este, producción que está asumiendo el bloque “ganador” en la Guerra Fría. Así no es extraño que las industrias militares están presentes en los grupos de presión junto a otras multinacionales (los lobbies) en reuniones tan importantes para el devenir del comercio mundial como la reciente cumbre de la OMC en Seattle. En estas reuniones están haciendo presión en favor de un mundo más globalizado en el cual se puedan aprovechar de las leyes antiproteccionismo de la OMC, a la vez que pueden seguir disfrutando de las importante subvenciones estatales, como ya se comentó más arriba.
                Resumiendo, el hecho de que exista una única gran potencia supone que sea mucho más improbable que aparezca un conflicto que pueda hacer peligrar la vida en todo el planeta, es decir, una tercera guerra mundial de carácter atómico. Del mismo modo también lo es un enfrentamiento en el que se luche en amplias regiones, del tipo de una guerra mundial. Así, los conflictos se caracterizarán por estar localizados en un área concreta (Grandes Lagos, Congo, Guerra del Golfo) y crecientemente con un origen en forma de guerra interna dentro de un estado o con influencias de los limítrofes (Yugoslavia, Méjico, Colombia, Indonesia, Argelia, Albania). Sus motivaciones serán: o bien, en una parte importante, respuestas más o menos desorganizadas a las consecuencias de la globalización; o bien en acciones de los ejércitos del Centro encaminadas a continuar su dominación sobre la Periferia. Obviamente esta caracterización de las causas y de los tipos de conflictos es extremadamente generalista. Está fuera de la intención de este texto el hacer un estudio pormenorizado de las distintas motivaciones de cada conflicto, motivaciones que, por supuesto, presentarán multitud de matices y excepciones al comportamiento general que aquí defiendo.
                El control del Centro sobre la Periferia durante los años de la Guerra Fría estuvo ejemplificado en la estructura, funcionamiento y objetivos (reales, no retóricos) de toda una amalgama de organismos internacionales. Entre ellos habría que destacar la Organización de Naciones Unidas (ONU) como elemento de control político; el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el GATT en el económico; y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia en el militar; aunque habría que hacer notar que las funciones de los distintos órganos se han intercambiado en numerosas ocasiones. También han jugado un papel fundamental otras instituciones de carácter regional, entre las que ha destacado la Unión Europea (UE).
                Tras la transformación de las relaciones de poder en el mundo estos organismos también han cambiado, o lo están haciendo; aunque, eso sí, todos ellos siguen caracterizándose por ser un instrumento, más o menos efectivo, de control y explotación. Así se puede ver la transformación que se está llevando a cabo en la ONU, con la previsible entrada en el Consejo de Seguridad a las nuevas potencias a nivel nacional (Alemania y Japón); así como abriendo sus puertas a la empresa privada (financiación de la organización por multinacionales, que, por supuesto, consiguen influir en las decisiones de la misma a cambio). También se están dando nuevos pasos en el BM, el FMI y, especialmente, en el GATT, que dio luz a la OMC tras la Ronda de Uruguay, y que ahora intenta acometer una nueva liberalización de los mercados, como ya se ha comentado. Pero probablemente la organización que más haya cambiado sea la OTAN, tanto en su arquitectura interna, como en su forma de actuar hacia el exterior. Ella es, y seguirá siendo, la encargada de controlar que la relación de dominación no se termine, actuando en el plano militar si todas las demás vías de control han fallado. De todas formas hay que decir que no sólo es la OTAN la que se encarga del aspecto militar, también están los ejércitos nacionales del Centro (especialmente, claro está, el de EEUU), alianzas como la Unión Europea Occidental (UEO) y los “cascos azules” de la ONU, que actúan en distintos escenarios.

El intervencionismo.
                La Alianza Atlántica se ha ido modificando progresivamente durante este último decenio. Este cambio se ha caracterizado por la transformación de un organismo teóricamente defensivo en otro marcadamente intervencionista, asumiendo el papel de gendarme mundial en el “Nuevo Orden Internacional” en defensa de los intereses, tanto económicos como geoestratégicos, del Centro y, especialmente, de EEUU. Pero esta nueva política intervencionista no sólo se está dando en este organismo, también se puede observar en la ONU en sus misiones militares, en la UEO o en la política de los países del Centro. También es importante decir que esta nueva OTAN intervencionista no sólo actúa a nivel militar, también lo está haciendo a nivel político. En estrecha colaboración con organismos como el Banco Mundial, el FMI o la Unión Europea, ha  enfocado sus miras hacia los países del Este de Europa persiguiendo su control político, económico y militar. Se busca reconvertirlos en “economías de mercado democráticas” aliadas de las potencias del Centro y, claro está, dependientes. No quiero decir que antes no existiese intervencionismo, sino que el de ahora está reflejado explícitamente en las  organizaciones militares y se vende al público, al igual que el de antes como una acción justa y necesaria moralmente, pero con distintos criterios.
               
                En los estados del Centro la democracia parlamentaria implica tener que mantener razonablemente satisfecha a una importante parte de la sociedad, con lo que las guerras en las que los gobernantes se embarquen deben ser asumibles de cara a la opinión pública. La sociedad actual no se compromete con la lucha contra la pobreza o la degradación ambiental, sin embargo sí ha adoptado como suyos principios de defensa de los derechos humanos, respeto al medio ambiente o justicia social. Es por ello que las actuales intervenciones de los estados del Centro no sean simplemente “intervenciones” sino “intervenciones humanitarias”, que en todos los casos estén recubiertas de un halo de “no nos ha quedado otro remedio que emplear la fuerza para imponer la justicia contra el gran demonio al que hemos atacado”. El mensaje que se transmite es absolutamente simplista: nosotros, los agresores, somos los buenos buenísmos y los agredidos son los malos malísimos. De este modo lo que en realidad sigue siendo colonialismo (en distintas facetas) se está justificando como “gestión de crisis”, “operaciones humanitarias” y/o “operaciones de mantenimiento de la paz”, tres conceptos que serán repetidos en numerosas ocasiones a lo largo del texto. Con esto no quiero calificar a los agredidos como víctimas inocentes; Milosevic o Sadam Husein están bastante lejos de ser gobernantes ejemplares, sino que, más bien, han sido y son potentes agresores, lo cual también debe ser condenado con dureza. Tras el final de la Guerra Fría ya no existe el enemigo comunista por el que hay que sacar las tropas a la calle para nuestra defensa; pero parece que sigue siendo imprescindible hacerlo, ahora es para que se respeten los derechos humanos.
                Muchas de las intervenciones a las que hemos asistido durante estos últimos años han sido fácilmente justificables de cara a la opinión pública. Es verdad que en Timor Oriental o en Kosova la población estaba siendo masacrada, el problema es que las motivaciones reales para la actuación del Centro en estos territorios estaba lejos de ser las esgrimidas oficialmente. Si éstas hubiesen sido sinceras ahora tendríamos tropas de la OTAN en Turquía para defender a los kurdos o en Marruecos para hacer lo propio con los saharauis. En Kosova no se buscaba salvar a los albanokosovares sino legitimar a la OTAN, intentar estabilizar los Balcanes, justificar la presencia de EEUU en Europa y responder a intereses económicos y geoestratégicos de las potencias europeas; así como disminuir el área de influencia rusa corriéndola más hacia el Este. Debe quedar muy claro que el Centro es descaradamente parcial al escoger sus intervenciones y sigue únicamente sus intereses, las más de las veces económicos, pero también se encuentran motivaciones geoestratégicas o de cara a la política interna de los estados del Centro. La intervención militar por parte del Centro en la mayoría de los conflictos ha brillado por su ausencia (Congo, Chechenia, Sahara, Eritrea-Etiopía, Nigeria). Otras veces se ha limitado a la entrega de ayuda humanitaria (Afganistán, Azerbaiyán, Sudán). También hemos asistido a intervenciones en las cuales los ejércitos implicados tenían posibilidades muy reducidas de hacer uso de la fuerza (Angola, Bosnia-Hercegovina hasta agosto de 1995, Georgia, Liberia, Ruanda, Congo recientemente, al principio en Somalia, Tayikistán). Por último estarían las intervenciones militares acompañadas de un empleo ostensible de la fuerza, que han sido las menos (Irak, Kosova, Bosnia-Hercegovina, Somalia, Timor Oriental).